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Ethan López

25 de mayo de 2020

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No puedo (quiero) dejar de ver porno

Ah, el pecado, se siente bien, ¿no? Digo, pues, si no fuera así, creo que no lo haríamos. 

Ni siquiera estoy del todo seguro cuándo empezó todo, han pasado varios años ya – tal vez ocho como mínimo –, desde que inicié una gran lucha conmigo mismo y con la tentación. 

Recuerdo que al principio era más “tranquilo”, no era algo tan frecuente, no veía que fuera algo tan malo, es decir, no le estaba haciendo daño a nadie, pues “sólo” veía pornografía; pero como muchos pecados y vicios poco a poco empecé a sentir que ya no era suficiente, quería experimentar algo diferente, algo que me “llenara” más para sentirme bien y realizado, así que lentamente empecé a subir de nivel; empecé a practicar la masturbación. Pasé muchos años así, consumiendo y sin decirle nada a nadie, siendo ese uno de esos pecados ocultos que a veces cometemos.  

Muchas veces sentí que lo debía dejar, cosa que lograba por períodos hasta que regresaba a lo mismo. Después de un tiempo empecé a acercarme a Dios, a la iglesia y una inquietud en mi corazón por querer dejarlo fue creciendo, así que volví a intentar varias veces por mi propia cuenta. Pasaba días, incluso semanas limpio hasta que llegaba un punto en el que sentía una gran ansiedad, la tentación se hacía muy fuerte y terminaba cediendo, era un circulo vicioso. 

Luego me decidí a intentarlo dejarlo de nuevo, solo esta vez con Dios en la ecuación. Me di a la tarea y empecé a orar para recibir fuerzas y no caer en lo mismo, para mi sorpresa eso tampoco funcionó. En vez de ayudarme solo lo estaba empeorando, me llevó a sentir una gran frustración, me sentía sucio e indigno de tanto que Dios me seguía dando, creí que lo mejor que podía hacer era olvidarme de todo, de un llamado y dedicarme a otra cosa, incluso llegué al extremo de decirle a Dios que me quitara los dones y talentos que me había dado, los estaba desperdiciando en mí; esta vez se había equivocado eligiéndome y era mejor que levantara a alguien más en mi lugar.

No sé si también te ha pasado, que te has llegado a sentir encadenado y prisionero del pecado, como si no tuvieras solución.  Aunque superficialmente me veía bien, pues, iba a la iglesia y servía, sentía que no había vida en mí, no había nada que valiera la pena.

¿Qué estaba haciendo mal? Oré y no funcionó, ¿Por qué no podía dejarlo? 

La Biblia dice que no tenemos un espíritu de cobardía, sino uno de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7); y si resistimos al diablo, él huirá de nosotros (Santiago 4:7).  

En estos versículos veo que sí tengo la capacidad para dejar el pecado y la autoridad para alejar al enemigo de mí, ¿cuál era el problema entonces? El asunto era que yo sentía culpa y remordimiento, pero hasta allí, no me estaba arrepintiendo realmente, era yo el que no quería dejarlo. 

Lo que procede a mi vida es una restauración que aún está en proceso. No les voy a mentir, es una gran batalla la que tengo en ciertos momentos, los deseos carnales siempre están presentes y las maneras de satisfacerlos al alcance de la mano, pero he sido testigo de lo que Dios le dijo en su momento a Pablo:

“Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad…”

 2 Corintios 12:9 RVR1960

El haberme acercado a Dios y tener una intimidad con Él me ha mantenido firme en este proceso. Ahora tengo mis tiempos de oración y adoración, además empecé un plan de lectura de la Biblia, creo que no podría recibir lo anteriormente mencionado si no conozco a quién lo da.

Además que he cambiado otros hábitos que me podían tentar a caer en lo mismo.

Huye de las cosas que provocan malos pensamientos en las mentes juveniles, y dedícate a seguir la justicia, la fe, el amor y la paz, y hazlo junto con los que aman al Señor con toda sinceridad.

2 Timoteo 2:22 NBV

Yo no sé cuáles son tus batallas, tus tentaciones y si hay algo que te tiene encadenado; pero lo que sí sé es que Jesús venció a las tinieblas en la cruz, desde ese día pagó el precio por tu corazón, por tu libertad, eres libre y ningún reclamo del diablo tiene poder sobre tu vida, levántate y sé fuerte porque el espíritu de aquel que venció al mundo (Juan 16:33), también habita dentro de ti (Efesios 2:22).

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