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Ethan López

5 de diciembre de 2022

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Maldito calor, maldito frío

Estoy seguro que en más de algún momento te quejaste porque durante el día el calor era muy intenso y nada de lo que hacías funcionaba para refrescarte y, en otro momento te quejaste porque el frío era muy fuerte que no te sentiste cómodo, quizá ya ni saliste a donde tenías planeado y mejor te quedaste en casa resguardándote.

Te lo digo porque claramente yo también lo he hecho. Para la Semana Santa el calor es tan intenso y aparte del ambiente de las procesiones, el montón de gente y demás me provocaba todavía más la sensación de calor, como si yo anduviera entre la multitud vestido de cucurucho. En diciembre y enero no digamos con el frío, quizá en diciembre es más fácil porque algunos días los pasamos en casa, pero enero ya empezamos a madrugar otra vez ya sea para ir a trabajar o estudiar y el frío de la madrugada nos congela hasta las ganas de levantarnos. Varios de esos días yo me quejé por ese calor tan *@%#! o el frío de *@%#!.

A lo mejor no lo decimos o no lo expresamos así, pero sí que lo pensamos. Nos dejamos llevar por las emociones y las sensaciones del cuerpo que perdemos de vista un gran milagro que está sucediendo frente a nosotros, incluso en nosotros mismos… ¡Estamos vivos!

Una vez escuché de un mago muy famoso al que le preguntaron que por qué hacía ciertas acrobacias o trucos que se veían realmente dolorosos, a lo que el respondió: —Yo solo veo el dolor como la sensación de estar vivo—. Esa frase se quedó conmigo y a veces me pongo a pensar en lo chillones que somos quejándonos de cualquier cosita, por muy pequeña que sea y como si todos, incluyendo a Dios, tuvieran que vivir y obrar para que estemos de lo más cómodos y contentos.

No digo que no nos enojemos ni nos entristezcamos, claramente hay situaciones que lo ameritan y también se no es permitido. Pero así como podemos tomar la sensación del calor o la del frío como un recordatorio de que estamos vivos, también veamos las pruebas y las dificultades como la oportunidad para acercarnos aún más a Dios, descansar en Él y despreocuparnos en cierta medida sabiendo que no estamos solos y que tenemos consuelo y refugio en nuestro Padre que nos ama y que no nos abandona.

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