Ah, el pecado, se siente bien, ¿no? Digo, pues, si no fuera así, creo que no lo haríamos.
Ni siquiera estoy del todo seguro cuándo empezó todo, han pasado varios años ya – tal vez ocho como mínimo –, desde que inicié una gran lucha conmigo mismo y con la tentación.
Recuerdo que al principio era más “tranquilo”, no era algo tan frecuente, no veía que fuera algo tan malo, es decir, no le estaba haciendo daño a nadie, pues “sólo” veía pornografía; pero como muchos pecados y vicios poco a poco empecé a sentir que ya no era suficiente, quería experimentar algo diferente, algo que me “llenara” más para sentirme bien y realizado, así que lentamente empecé a subir de nivel; empecé a practicar la masturbación. Pasé muchos años así, consumiendo y sin decirle nada a nadie, siendo ese uno de esos pecados ocultos que a veces cometemos.
Muchas veces sentí que lo debía dejar, cosa que lograba por períodos hasta que regresaba a lo mismo. Después de un tiempo empecé a acercarme a Dios, a la iglesia y una inquietud en mi corazón por querer dejarlo fue creciendo, así que volví a intentar varias veces por mi propia cuenta. Pasaba días, incluso semanas limpio hasta que llegaba un punto en el que sentía una gran ansiedad, la tentación se hacía muy fuerte y terminaba cediendo, era un circulo vicioso.
Luego me decidí a intentarlo dejarlo de nuevo, solo esta vez con Dios en la ecuación. Me di a la tarea y empecé a orar para recibir fuerzas y no caer en lo mismo, para mi sorpresa eso tampoco funcionó. En vez de ayudarme solo lo estaba empeorando, me llevó a sentir una gran frustración, me sentía sucio e indigno de tanto que Dios me seguía dando, creí que lo mejor que podía hacer era olvidarme de todo, de un llamado y dedicarme a otra cosa, incluso llegué al extremo de decirle a Dios que me quitara los dones y talentos que me había dado, los estaba desperdiciando en mí; esta vez se había equivocado eligiéndome y era mejor que levantara a alguien más en mi lugar.
No sé si también te ha pasado, que te has llegado a sentir encadenado y prisionero del pecado, como si no tuvieras solución. Aunque superficialmente me veía bien, pues, iba a la iglesia y servía, sentía que no había vida en mí, no había nada que valiera la pena.
¿Qué estaba haciendo mal? Oré y no funcionó, ¿Por qué no podía dejarlo?
La Biblia dice que no tenemos un espíritu de cobardía, sino uno de poder, amor y dominio propio (2 Timoteo 1:7); y si resistimos al diablo, él huirá de nosotros (Santiago 4:7).
En estos versículos veo que sí tengo la capacidad para dejar el pecado y la autoridad para alejar al enemigo de mí, ¿cuál era el problema entonces? El asunto era que yo sentía culpa y remordimiento, pero hasta allí, no me estaba arrepintiendo realmente, era yo el que no quería dejarlo.
Lo que procede a mi vida es una restauración que aún está en proceso. No les voy a mentir, es una gran batalla la que tengo en ciertos momentos, los deseos carnales siempre están presentes y las maneras de satisfacerlos al alcance de la mano, pero he sido testigo de lo que Dios le dijo en su momento a Pablo:
“Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad…”
2 Corintios 12:9 RVR1960
El haberme acercado a Dios y tener una intimidad con Él me ha mantenido firme en este proceso. Ahora tengo mis tiempos de oración y adoración, además empecé un plan de lectura de la Biblia, creo que no podría recibir lo anteriormente mencionado si no conozco a quién lo da.
Además que he cambiado otros hábitos que me podían tentar a caer en lo mismo.
Huye de las cosas que provocan malos pensamientos en las mentes juveniles, y dedícate a seguir la justicia, la fe, el amor y la paz, y hazlo junto con los que aman al Señor con toda sinceridad.
2 Timoteo 2:22 NBV
Yo no sé cuáles son tus batallas, tus tentaciones y si hay algo que te tiene encadenado; pero lo que sí sé es que Jesús venció a las tinieblas en la cruz, desde ese día pagó el precio por tu corazón, por tu libertad, eres libre y ningún reclamo del diablo tiene poder sobre tu vida, levántate y sé fuerte porque el espíritu de aquel que venció al mundo (Juan 16:33), también habita dentro de ti (Efesios 2:22).