Ya se siente el olor a ponche, a tamal y a nuevo —los estrenos—. La navidad está a unas cuantas horas y creo que es un buen momento para reflexionar sobre lo que se celebra o debería celebrarse.
Unas escrituras muy antiguas profetizaban la venida de un Salvador, alguien que rescataría a su pueblo y lo liberaría, sin saber que esa libertad se extendería a todo el mundo. Fueron bastantes y bastantes años los que pasarían hasta que una noche en una ciudad llamada Belén, una mujer acompañada de su pareja daría a luz a un niño de forma milagrosa en un pesebre.
Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
Lucas 2:12 (RVR1960)
Un pesebre, varios animales y un bebé, no soy un investigador ni nada por el estilo, pero es fácil deducir que no olía a ponche ni a tamal, tal vez sí a nuevo, pero no precisamente por un estreno.
¿Y si te dijera que ese bebé en pañales es el mejor regalo que te hayan dado? ¿Quién envolvería tu regalo en pañales? Peor aun, ¿quién te regalaría un bebé? Sin duda alguna, alguien que te ama tanto; alguien que enviaría a su único hijo a este mundo a morir por ti y por mí, para que todas tus faltas, tus pecados y tus errores sean perdonados y halles una vida eterna en un lugar mágico y lleno de luz.
Abre ese regalo que con tanto sacrificio y dolor te fue dado, reconoce que Jesús es tu Salvador. Si ya lo hiciste, te invito a que no menosprecies este maravilloso obsequio, valóralo no solo por lo que te da, sino por lo mucho que costó dártelo.
Aunque no sabemos con exactitud la fecha en que nació este bebé, mañana 25 de diciembre celebramos su nacimiento, el nacimiento de aquel que más de 30 años después moriría en un madero, revelando así el acto de amor más puro que alguna vez alguien haya hecho por ti y por mí.
¡Desde ya les deseo una felíz navidad a todos!