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Ethan López

16 de noviembre de 2020

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Calculadora moral

Hace unas semanas vi un programa de televisión en el cual hablaron de cómo actúa nuestro cerebro en situaciones donde se pone a prueba nuestra moral. En conclusión, inconscientemente nuestro cerebro hace cálculos basados en lo que nuestros ojos ven para determinar si una persona merece nuestra ayuda o no. Ahora les explico con un ejemplo.

En el programa de televisión hicieron un experimento que consistía en lo siguiente: hicieron que una actriz caminara por un parque y se fingiera tropezar para ver cuánto tiempo se tardaba la gente en ayudarla. El asunto es que lo hizo dos veces, la primera vestida de manera elegante, parecía que iba al trabajo, en otras palabras, digamos que tenía porte de mujer empresaria; la segunda vez lo hizo con pantalones rotos, el cabello despeinado y con un semblante de una persona desorientada. En el primer intento pasaron unos pocos segundos, aproximadamente unos 15, desde que se cayó hasta que una persona llegó a ayudarla. En el segundo intento pasaron 16 minutos y nadie se había acercado ni siquiera a ver, todos caminaban como si ella no estuviera tirada en el suelo. ¿Por qué?

Nuestro cerebro actúa como una calculadora moral y hace ciertos cálculos para determinar que aparentemente la mujer vestida de manera elegante era alguien que hacía bien las cosas y que merecía nuestra ayuda, mientras que la mujer mal vestida era alguien que quizá ingería alcohol o se drogaba y, por lo tanto, era justo que estuviera en el suelo sin recibir ayuda.

Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.

Mateo 9:13 (RVR1960)

Estas son palabras a las que Jesús alude un par de veces diciendo que aprendamos que lo que Dios quiere no es que le rindamos sacrificios, sino que amemos y seamos misericordiosos con los demás. No es de ver quién se merece que lo ayudemos o no, es de demostrar que servimos y creemos en un Dios es amor y que su Espíritu habita en nosotros. Nosotros no somos quiénes para determinar lo que cada uno se merece, créeme que si Dios también sacara su calculadora moral, tú y yo no estaríamos leyendo esto en este momento.

Les invito a que siempre muestren su mejor versión con los demás, que amen sin condiciones, que ayuden sin interés para que juntos demostremos lo que el evangelio siempre ha tenido que ser: un mensaje de salvación basado en amor y no en los méritos.

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