Sé que lo intentaste y fallaste,
te esforzaste y no lo lograste,
de verdad querías, pero no pudiste.
Déjame decirte: ¡Eres Su niña!
Has caminado y has caído,
estuviste creyendo y te decepcionaste,
luego dudaste y te hundiste.
Déjame decirte: ¡Eres Su niña!
Te enojaste y decidiste alejarte,
cuando te fuiste, te perdiste,
lo oíste, pero preferiste ignorarlo.
Déjame decirte: ¡Eres Su niña!
Lloraste hasta secarte como el desierto,
gritaste hasta que te doliera la garganta,
le reclamaste hasta que te cansaste.
Déjame decirte: ¡Eres Su niña!
Pensaste que no lo necesitabas y te equivocaste,
has sentido un gran vacío que no has podido llenar,
quisiste libertad, pero te encontraste con la soledad.
Déjame decirte: ¡Eres Su niña!
A ti príncipe, princesa, que estás leyendo esto. No sé qué te ha pasado, qué has hecho, cuánto te has enojado y peleado, cuán cerca estés ahora… Solo quiero decirte que Él aún te ama como el primer día que te vio, con ese amor tan inmenso, empalagoso, necio terco y testarudo que siempre ha sentido por ti.
¡Eres Su niña, la niña de Sus ojos!
“… Lo halló en tierra desértica, en medio de la soledad rugiente del desierto. Lo rodeó, lo cuidó, lo guardó como a la niña de sus ojos…»
Deuteronomio 32:10 (RVA)