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Gérber Contreras

17 de agosto de 2020

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Nunca he estado solo

Ha transcurrido mucho tiempo y siempre he llevado en mi corazón la frase:

Mi embrión vieron tus ojos,
Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas
Que fueron luego formadas,
Sin faltar una de ellas.

Salmos 139:16 (RVR1960)

Tengo la dicha y la bendición de haber nacido en un hogar cristiano evangélico, la verdad es que a pesar de eso he fallado demasiado. Desde pequeño iba a la escuela dominical y llegaba a molestar; de adolescente tuve la oportunidad de ser locutor en una radio comunitaria evangélica, pero en el colegio, en básico, molestaba mucho y casi no reflejaba lo que predicaba; al inicio de mi juventud, estudiando diversificado, servía en transmitir la Palabra de Dios a través de la dirección de cámaras en un canal evangélico y, en ese tiempo, volví un poco a entregar más de lo que antes hacía a Dios; luego empecé la universidad y allí empezó un poco de problema, una chica de quien me enamoré ciegamente, me hizo caer en muchas cosas que sabía que eran malas, pero para no perderla las hice, para complacer a mis amigos hice cosas que también sabía que no eran correctas, pero lo hice para encajar.

Sin embargo, en la escuela dominical aprendí mucho de la Biblia, de personajes importantes y de Dios; al llegar a la adolescencia, antes de hacer algo había una voz en mi interior que me hacía detenerme y pensar las cosas antes de actuar, a veces lo lograba, otras veces podía más lo malo, lo de mi adolescencia en la radio y parte del inicio de mi juventud en cámaras en un canal cristiano me ha servido hasta hoy en día; cuando empecé la universidad volvía la voz a recordarme que las cosas eran incorrectas, y a veces lo vencía, otras no, y aquí llegó un punto en donde alguien me señalaba por lo que hacía, y no es que no le diera importancia a sus palabras, pero mi corazón no se sentía impactado con lo que me decía, entonces quise buscar a Dios y encontrarlo de nuevo y, Él sin dudarlo, me estuvo esperando, y sé que en cada paso que daba y me alejaba, Él siempre me estuvo esperando en donde yo lo había dejado.

Cuando regresé al lugar donde me esperó, confirmé que nunca estuve solo, siempre estuvo a mi lado, pues, no solo en mis victorias personales y espirituales estuvo, sino también en mis batallas y aun en mis derrotas me estuvo consolando.

No quiero ningún consuelo que no sea Su presencia, no quiero hacer lo que antes hacía. Su promesa, Su gracia y Su justicia siempre me han acompañado, aun sin merecerlo, por eso quiero entregarle lo mejor de mí, aún estoy a tiempoy tú aún estás a tiempo de hacer que sus planes se hagan realidad en tu vida.

No estás sólo, el Padre nunca te ha dejado ni te dejará, Él nos ama como nadie nos amará jamás. Vuelve a tu primer amor, volvamos a Él.

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