Hace unos años mi vida era distinta en varios aspectos. A pesar de que no estaba por completo en caminos de perdición, sí estaba un tanto alejado de los caminos de Dios y no digamos de estar a su servicio. Encontraba una excusa para no ir a la iglesia, unas veces válida, otras no tanto, y así fue como me fui alejando.
En ese entonces contaba con las cosas superficiales básicas con las que una persona joven puede sentirse bien. Un trabajo estable que se convertía en más que eso porque era algo que me encantaba hacer, me proveía de ingresos para una que otra salidita con los amigos o novia, restaurantes, cines, ropa elegante, etc.
Realmente había algo que no divisaba, pero que era más preciado que todas esas cosas: mi familia. En mi familia (papá, mamá, dos hermanas y yo), fui y creo que sigo siendo, quien más influye. No me había dado cuenta que de cierto modo inspiraba a mis hermanas. Pero de la misma manera que me fui alejando de Dios, también me fui alejando de ellos.
Pasó el tiempo y perdí muchas de las cosas por las cuales había sustituido a Dios y a mi familia: el empleo, los “amigos”, la estabilidad, entre otras cosas. La vida se me complicó, pero en todo esto aprendí una importante lección: Dios iba preparando todo para mi bien, para que atendiera a mi llamado según su plan (Rm. 8:28).
Mi primer paso firme fue volver a Dios, incluso ahora, por su gracia, tengo la oportunidad de servirle. El amor de Dios nos enseña a amar al prójimo como a nosotros mismos y, en el camino de la vida tristemente encontramos que muchas relaciones, principalmente de amistad, son pasajeras, solo estarán con nosotros mientras todo esté bien; cuando las cosas se complican descubrimos con quien realmente podemos contar: dos o tres personas.
Cuando Jesús hacia milagros le daba de comer a miles, sanaba, daba las buenas nuevas, multitudes lo seguían, pero cuando estuvo en la cruz, solo unos pocos estuvieron allí con él. Tristemente es una forma común de actuar, así que el camino en nuestro deber de predicar acerca de ese amor está cuesta arriba. Sin embargo, además de Jesús, que es el primer y más grande ejemplo de amor e inspiración, encontramos a nuestras familias.
En algún momento no le di a mi familia el valor que merecía, porque antepuse lo superficial, pero descubrí que la mayoría de las cosas que perdí fueron mínimas en comparación a lo que ya me estaba perdiendo sin darme cuenta.
Tuve una segunda oportunidad y ahora, por el contrario, son ellos quienes me inspiran a querer ser mejor persona. Hoy por hoy, agradezco a Dios por cada día que me permite compartir junto a ellos.
¿Has escuchado el dicho nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde? ¡No esperes! Aprovecha cada momento junto a tu familia: ama, comparte y valora. Es un buen lugar para practicar el amor al prójimo.
¡Que Dios te bendiga!