Hace unos días en nuestra noche Ignite escuchamos y aprendíamos que Dios ha depositado poder, talento y dones dentro de nosotros, lo cual suena muy chidorris, como si tuviéramos algún superpoder, pero «un gran poder conlleva una gran responsabilidad (Stan Lee, Amazin Fantasy #115)».
Creo que la mayoría hemos visto más de alguna de las películas de Karate Kid, ya sea de las primeras o el remake de 2010. Al principio podemos ver cómo las primeras lecciones están basadas en la realización de tareas cotidianas que aparentemente no tienen ningún sentido, eso hasta que mientras se desarrolla la trama nos damos cuenta que esas tareas son las que enseñan dos cosas muy importantes: movimientos de karate y disciplina.
La primera da a entender que el karate es un estilo de vida y que se encuentra en todo lo que hacemos. Yo me pregunto si nosotros no aprendemos también a usar nuestros dones en cada cosa que hacemos, en el día a día; desde lo más simple, cotidiano y común, hasta lo más fuerte, atractivo y especial.
Hablando de la disciplina, el enfoque que hacen las películas es que el karate no es para pelear porque sí, por venganza ni por placer, sino que el karate se utiliza con propósito. Imagina el mundo caótico (aún más) en el que estaríamos si todos utilizáramos nuestros dones para hacer bromas, vengarnos de los demás y hacer lo que se nos plazca.
Yo creo que el haber sido escogidos por Dios para utilizarnos y hacer grandes obras es un privilegio, un privilegio que debemos tomar con responsabilidad. Así que entendamos dos cosas: la primera es que por muy escogidos que seamos, debemos practicar para aprender a utilizar esos dones y así poder bendecir a los demás; lo segundo es que esto no es un juego y el don proviene de Dios, así que Él es quien decide cuándo debemos actuar y cuándo debemos quedarnos quietos.
Tengamos intimidad con el Padre, aprendamos a escuchar y ser guiados por su voz y dejemos que Él haga con nosotros tantas obras como las que quiera.