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Flor Rodríguez

3 de agosto de 2020

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Cuando escapar no es la solución

Muchas veces traté de escapar pensando que alejarme o independizarme, a pesar de correr riesgos, sería la solución a mis problemas. ¿Pero alejarme o escapar de qué? Muy buena pregunta…

Desde muy pequeña aprendí a ser un poco independiente, pues, me tocó estar mucho tiempo sin mis padres. Aprendí a darme cuenta de que muchas personas podían ayudarme, incluso mucho más que mi propia familia o, bueno, así lo empecé a ver yo. Nos acostumbramos tanto a estar separados, que cuando llegaba el momento de pasar tiempo juntos, que de hecho era muy poco, ya no sabíamos cómo interactuar, cómo demostrar ese amor familiar.

Sé que para algunas personas la idea de pasarla «solos» es algo que atrae mucho, me incluyo allí. La verdad es que se disfruta, podemos escuchar música a todo volumen, salir y regresar a casa sin dar explicaciones. Pero qué pasa cuando llega ese día en el que tenemos un problema y no se lo queremos contar a nadie que no sea de los tuyos, porque sabes que si lo haces, al momento de enojarte con esa persona, se corre el riesgo de que lo cuente. Qué pasa si llega el día en el que necesitas ese abrazo de la única persona que te conoce desde que naciste y no esta allí; o si necesitas un consejo, y lo único que tienes es la soledad de tu casa y el abrazo del aire que recorre tu piel.

Empecé a pensar que para qué necesitaba seis sillas y una mesa grande, si a la hora de comer solamente estaba yo. Mi corazón empezó a llenarse de enojo, de tristeza, de preguntas como: ¿Por qué precisamente esto me está pasando a mi? ¿Por qué mi familia no puede ser como las otras? ¿Por qué si muchos jóvenes disfrutan al tener ese tiempo solos, yo no lo puedo disfrutar?

Llegué al punto de pensar que no tenía ningún sentido vivir con alguien bajo el mismo techo, si de todas maneras me sentía sola. Entonces pensé en mudarme a un apartamento, total en los dos lugares me sentiría igual… Pero quizá dolería menos, porque lo que me mataba era saber que mi familia estaba, mas no los sentía cerca de mí ni siquiera en esas pocas veces que estábamos juntos, entonces me fui. Claro, no fue fácil. Siempre duele dejar a tu familia, pero esta vez estaba decidida.

Al estar en mi habitación de mi nuevo apartamento, no lo voy a negar, los primeros días estaba muy felíz, pues, me sentía realizada. «Por fin» independiente por completo.

Iban pasando los meses y me fui dando cuenta que de nuevo me sentía sola, solo que esta vez sí lo estaba realmente. Recuerdo que oraba con lágrimas en mis ojos y sentía un fuerte dolor en el pecho, como que si algo me presionaba el corazón. La verdad es que no sabía qué hacer, creí que escapar sería la solución y me topé con la verdad que no era así.

El problema no era dónde estuviera, sino que no sabía cómo disfrutar de los momentos, así fuera en compañía o en soledad. Había estado dejando que el enemigo se apoderara de mi mente cuando estaba en esa soledad, la soledad que pensé que era mala. Déjenme decirles que en esa misma soledad conocí a Dios más de cerca, aprendí a ver que en aquella mesa donde me sentaba a comer, Dios estaba acompañándome y yo solo lo ignoraba. Le empecé a pedir que cambiara mi corazón y la manera en cómo veía las cosas.

Al final, tomé la decisión de regresar a casa, porque Dios me había hecho más fuerte y lo único que quería era disfrutar cada momento con los míos, así fuera poco o mucho tiempo. Ahora valoro a esas personas que sin darme cuenta, me llenan tanto y siempre estarán allí para mí y, lo mejor de todo, es que aprendí a disfrutar tanto de la compañía como de la soledad.

Recuerda: Aquello de lo que tratas de escapar te perseguirá siempre. Hazle frente abiertamente, acepta cada momento y situación de la mejor manera; pero eso solo se puede lograr con la ayuda de Dios.

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