Ignite

Andrea Solórzano

4 de mayo de 2020

Compartir en

Cuando lo que Dios hace no tiene sentido

«No tengo nada para ofrecer, nada que te pueda sorprender solo un corazón quebrantado…» (Digno – Marco Barrientos)

Wow, qué palabras tan ciertas. ¿Cuántas veces nos hemos sentido tan vacíos creyéndonos inmerecedores de su amor y de su perdón, creyendo que nada de lo que ofrezcamos lo sorprenderá? Hemos olvidado que fuimos creados a su imagen y semejanza, solo el hecho de ser sus hijos e hijas es algo maravilloso. 

Quiero compartirte un poquito de mi testimonio…

Muchas veces me he sentido así, vacía, creyendo que nada puedo ofrecerle, pero estoy tan equivocada.

Crecí en un hogar cristiano. Mis padres desde pequeña me enseñaron de Dios, me llevaban a la iglesia, asistía a la escuelita dominical y me las sabía todas, o eso creía. Cualquiera pensaría que por crecer en un hogar cristiano  nunca habría problemas de ningún tipo, pero que equivocados están. Ser cristiano no garantiza la ausencia de problemas. 

A mis cortos 10 años creía tener la mejor vida que cualquiera podría pedir: mis padres juntos y felices (en mi inocencia al menos eso creía); un hermano, del cual debo confesar que me sentía muy celosa porque creía que me iba a quitar la atención de mis padres y me dejarían olvidada.

Una mañana mi papá se iba sin decir más que un «nos vemos por la noche», inocentemente esperé y esperé y ese momento jamás llegó. Simplemente pasó el tiempo sin saber qué era lo que en realidad pasaba, le preguntaba a mamá y ella decía «no hay espacio para todos» (vivíamos con mis abuelos) por eso él se tiene que ir, pero no te preocupes todo estará bien y me abrazaba fuertemente. ¡Ufff! Cuánto me calmaban sus palabras.

El tiempo pasó y la ausencia fue aún mayor. Por fin llegó el ansiado día de volver a verlo y el que se suponía sería un día lleno de alegría, en un abrir y cerrar de ojos, se volvió gris. Recibí la noticia que me partiría el corazón y me cambiaría el resto de la vida… Me fue dicho lo que ya venía sucediendo desde antes que se fuera, cuando aún eramos una familia: mi papá había decidido irse para siempre, nos había cambiado por otra familia. Todo mi mundo se hizo pedazos, no podía dimensionar lo que él me estaba diciendo, no sabía qué hacer o decir. Fue el peor día de mi vida.

A partir de de ese momento lo odié cada día más a él y a quienes me lo habían quitado. Como cristiana esa palabra no debería existir en mi boca, pero estaba tan herida que no podía sentir nada más. Muchas veces estuve en mi cama, llorando a mares y cuestionando a Dios; reclamándole, pidiéndole explicaciones de por qué me había hecho eso, preguntándole si yo había hecho algo mal o algo, trataba de buscarle sentido. Peleaba con Dios, que tuve el atrevimiento de tratarlo así, crecí llena de rencor en mi corazón.

Con el pasar de los años comprendí que a pesar de perder a mi padre y una familia completa, aún en medio de eso había luz. Esa luz ha sido el amor de Dios, Él jamás me ha dejado, ha sido el Padre perfecto; ha llenado mi corazón de su amor y perdón. He perdonado a mi padre y a su familia, y ahora puedo voltear a ver en retrospectiva y darme cuenta que Dios siempre estuvo allí conmigo aunque yo no lo vi en esos momentos, porque esa siempre ha sido su promesa. Todo ha sido un proceso del cual Dios ha sacado lo bueno de lo malo y me ha acercado más a conocerlo.

«Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa».

Isaías 41:10 (RVR1960)

Muchas veces pasamos por circunstancias tan duras y difíciles que no somos capaces de ver que Dios tiene un propósito para cada una de ellas y creemos que nada tiene sentido.

No importa cuán grande o desesperante sea la situación, su amor y su presencia siempre nos acompaña. No estamos solos y aunque no lo parezca en el momento, o como nosotros lo esperemos, saldremos victoriosos.

«El Señor es mi pastor, nada me faltará… Confortará mi alma: me guiará por sendas de justicia por amor a su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo…»

Fragmento, Salmo 23 (RVR1960)

Cuando Dios nos quita algo de las manos, no nos está castigando; solo está abriéndonos las manos para que recibamos algo mejor. El poder de Dios nunca nos llevará donde su gracia no nos pueda proteger, algo bueno nos está esperando, porque Él es nuestro Sanador y Libertador, sigamos confiando en su palabra y sus promesas, pero por sobre todo nunca dejemos de tener fe.


Si te quedaste picado por leer más...