Hace muchos años atras recibí una lección de vida sobre mi manera de hablar. Tenía aproximadamente 9 años y era parte de los Boy Scout de mi colonia, en ese entonces decía muchas malas palabras —claro que solo fuera de casa—. En una excursión yo iba hablando y bromeando con mis compañeros de manada y con malas palabras, un líder llamado Baloo se me acercó y me dijo que no era bueno que dijera malas palabras y que si las seguía diciendo ya no me iba hablar (la ley del hielo), no me importó y seguí hablando igual. Se me olvidó lo que Baloo me dijo, me acerqué a él y le hablé, pero no me respondió nada ni me miró y así siguió en toda la excursión.
Al regresar de la excursión y antes de irme a mi casa Baloo se me acercó, me habló y me dijo: “No es bueno decir malas palabras no te hacen más grande ni más hombre, solo demuestran la baja calidad de persona”, eso se me quedó grabado y desde ese momento cambié mi forma de hablar.
“Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio”.
Mateo 12:36 (RVR1960)
Te exhorto a que midas tus palabras, a mí me ayudó una persona que me conocía poco, pero Dios la usó para darme una lección de vida.
Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.
Colosenses 4:6 (RVR1960)
Muchas veces decimos palabras o frases que tienen doble sentido, ni siquiera sabemos cuál es su significado o abiertamente sí sabemos qué significan y las decimos para ser aceptados o vernos cool, pero no se trata de ello… se trata de ser aceptados por Dios y reflejar su amor incluso en nuestras palabras.